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Aquella mirada perdida

Aquella mirada perdida

EL BIERZO IR

Aquella mirada perdida. | Casimiro Martinferre Ampliar imagen Aquella mirada perdida. | Casimiro Martinferre
Casimiro Martinferre | 09/08/2015 A A
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Aquella mirada perdida
CAPÍTULO 45 "Persevera la lluvia, diluvia. Al doblar una esquina, sorprendo a una anciana parada en mitad de la callejuela. De estricto luto, aferrada a un bordón. Del abultado bolsillo del delantal, cuelga una avecica muerta"

Mi pueblo no es distinto a los demás, con matices. Lo adorna para mayor gloria un plantel de genuinos personajes, extraterrestres entre la adocenada multitud de románticos feudales. De unos años acá, pasea sus calles un joven que pudiera mover a lástima de no vérsele plenamente realizado o comunicar discursos brillantes. Lo suelo cruzar a diario en la cuesta que sube de la Estación. Dicen que tras los estudios se alistó, bajó al moro, regresando sin medallas pero con rastas de maría. Óscar jamás me ha devuelto el saludo, tan abstraído camina en la conversación consigo mismo, o quizás resulte, como sospecho, que yo sea invisible. De vez en cuando interrumpe el soliloquio, y para darle más énfasis a sus deducciones gastronómico-políticas coge carrerilla antes de gritar: "Sois perros que coméis mierda", "Comemierdas", "Comerrabos", "Dígame, señor ministro", "Asesinos". Amén de otras arengas filosóficas agudísimas.


Esa máquina del tiempo descrita en la famosa novela de ficción, construida en metal, cristal de roca y marfil, existe. Tengo una versión barata adquirida a un gitano, montada en hojalata, vidrio, plástico, que rula con gasofa. Gracias a este trasto milagroso, basta internarse en el territorio unas decenas de kilómetros para retroceder mil años.


En los abisales valles del noroeste, los crepúsculos son opacos. Más ensombrecido si cabe, hoy el cielo descarga cántaros. El campo huele mitad acedo, mitad dulzón, a curtimbre de quebracho. Las hojas secas de los castaños, sucumben derribadas por el peso de la lluvia, tan empapadas que han virado del marrón al negro. Caen verticales y pesadas, trapos de plomo abofeteando el suelo. Mal augurio.


 Estoy calado hasta los huesos, de andar errabundo en busca de putas idiosincrasias y aparentes tierras vírgenes. El semblante resignado, terminó mimetizándose con los despeñaderos. Es una de esas escalofriantes tardes, a la deriva entre el otoño y el invierno, en donde uno quisiera estar a cubierto atravesado por las brasas.

  
Persevera la lluvia, diluvia. Al doblar una esquina, sorprendo a una anciana parada en mitad de la callejuela. De estricto luto, aferrada a un bordón. Del abultado bolsillo del delantal, cuelga una avecica muerta. Quieta, impertérrita ante el aguacero, mascullando letanías. Le hablo, pero no contesta, no escucha ni pestañea, perdida la mirada. Estaba en lo cierto, de nuevo corroboro que soy invisible. Sumida en un rito mágico, tan consustancial a estas gentes, del que debo formar parte. Aguardaba al desconocido que habría de estar presente sin ella verlo, al que ella vería sin él estar presente, invisible nubeiro, pájaro de mal agüero provocador de tempestades al que intentaba espantar.

 
Disparé una sola vez, convirtiéndola en estatua de sal. Evité mirar atrás, para no convertirme también. Cesó la lluvia. Zanjé la jornada chorreando desaliento, más penetrante que la peor de las borrascas. Confundido, cuestionando la utilidad del proyecto. Temo haber profanado una secuencia atemporal, haberme colado en ella como una sombra, ser un entrometido. Vaya donde vaya, uno siempre es un intruso.


Arnado, noviembre de 1990.



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