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Antonio Pereira entre la luz portuguesa y la española

Antonio Pereira entre la luz portuguesa y la española

OPINIóN IR

30/04/2019 A A
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Antonio Pereira entre la luz portuguesa y la española
Sin despedirse de los manzanos en flor, ni de los mayos, ni cantizales o penedos, tampoco de la lejana, maravillosa, mistérica ciudad de Pasárgada, conmovido y afirmativo, entre la luz portuguesa y la española envolviendo su hatillo emprendió viaje hace diez años, el 25 de abril de 2009 con un destello permanente, seguro, en sus ojos miopes, sin avisar siquiera a Úrsula, «Ciudad mía, que sólo yo conozco», para que controlase los tiestos y cerrase bien el gas al abandonar la casa. Él, todo él agradecido al Señor por no haberlo hecho conductor del coche de línea villafranquino, todo él, sí, eterno enamorado de Portugal, país al que cuando iba, según ha pronunciado muchas veces con su voz abacial «no vivía sino que flotaba», país al que dirigió por completo el Cancionero de Sagres, libro de versos en el cual igual abraza a una fregadora de suelos que se preocupa por un vendimiador achicharrado al sol o ama la lenta presencia de los tranvías lisboetas, la Sierra de Mârao, los jerónimos. En suma, todo aquello que significa Lusitania. Por eso resulta muy comprensible que la Asociación Leonesa de Amigos de Portugal haya reconocido ese meritoria condición en esta «especie de activista del cuento» según él mismo se ha denominado. Era tal su amor al país luso que sin duda eligió la fecha conmemorativa de la Revolución de los Claveles (escucho al admirado Zeca Afonso y su «Grândola Vila morena / Terra da fraternidade / O povo é quem mais ordena / Dentro de ti, ó cidade». Lo escucho también en la voz de la gran Amalia Rodríguez. Subo el volumen. Cuando ha acabado lo reenvío por Whatsapp a mis amigos predilectos), tal su amor lusitano, repito que yo creo que el cabileño Pereira, el soñador de la tribu, quien amaba los clavos de la balanza cayendo o las bisagras de culo de mona o las bombillas o bien repudiaba un poco la gruñona, autoritaria, calculadora abuela Társila del cuento ‘Las Peras de Dios’, mi padrino literario (algún día lo explicaré con detalle), el mismo que viajó a Jordania o al Nepal y en el último encontró a un nepalí semejante al señor Adolfo de Ambasmestas, creo, retomo, que no quiso anunciar su marcha para no desilusionar, ni crear un posible largo sufrimiento en especial a la inseparable jienense Úrsula. Podría haberlo advertido. Incluso un ángel mestriano de esos que cruzan el cielo en bicicleta podrían llevar el recado.

Bien, todo esto en ningún caso nos impide hablar, comentar, el homenaje , ‘Mucho cuento. Diez años con Antonio Pereira’, celebrado en el auditorio Ciudad de León este 25 de abril ¡Cuánta maravilla, cuánta entrega, cuánta admiración! Espectáculo único. Sólo faltabas tú, Úrsula. Con lo que trabajaste, peleaste por su consecución, su logro, exitosísimo: Alfonso García, Cuco Pérez, Amancio Prada, María José Cordero, Miguel Ángel Varela, Robés, Vídeo Master, Groucho, Arcadio Martínez, Marcos Rivas y Morgane además de Juan Carlos Mestre dieron lo mejor de sí mismos. Tendrás ocasión, querida Úrsula, Úrsula querida de comprobarlo el 13 de junio en el teatro villafranquino y me darás la razón, pues hasta Varela que siempre realiza su exquisita labor desde la sombra esta vez salió al escenario, demostrando que no sólo es un extraordinario guionista sino que recita muy bien, como lo avala la pieza pereiriana a la que prestó voz. ¿Y qué decir de Mestre, espléndido, soberbio, entregado como nunca, sublime, quien nada más acabar el acto corriendo fue al hospital a encontrase contigo? ¡Cuánto quería a Antonio y cuánto te quiere a ti!

En fin, Úrsula querida, puedes estar contenta del triunfante homenaje. Me gustaría que oyeses, escuchases, saboreases los comentarios del numerosísimo público asistente. La palabra ‘maravilloso’ brotaba en todos los labios, aunque, lo sé, lo sé, en ocasiones, la vida se nos tuerce, pero vuelve a enderezarse. Nos vemos en Villafranca. Circulan rumores de que el Valcarce impaciente va. Los ruiseñores de la Alameda saltan en las piedras lamidas por el agua. La noche prudente, prometedora es una pequeña cicatriz que despide el alba.
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