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Añoranza de aquellos "pobres"

Añoranza de aquellos "pobres"

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Imágenes de Enrique y Colás. | L.N.C. Ampliar imagen Imágenes de Enrique y Colás. | L.N.C.
Fulgencio Fernández | 20/09/2020 A A
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Añoranza de aquellos "pobres"
Los inolvidables Iban de pueblo en pueblo, dormían generalmente en pajares o portales, eran buenos contadores de historias y protagonistas de numerosas anécdotas
Pocas fórmulas funcionan mejor —si quieres que una conversación en un pueblo se anime, si buscas que participe la gente— que preguntar: «¿Por esta comarca no venían pobres de aquellos que pasaban cada año, que los conocía todo el mundo?». La respuesta es inmediata, en todos los pueblos recuerdan a varios y en Tejerina cuentan que «cada casa tenía su pobre», según el que fuera iba a una casa (o a un pajar o a un portalón, que muchos no querían entrar en las casas).

Verdaderos inolvidables. Por ello es bueno recordarlos en esta sección de inolvidables y, a su vez, «hacen media» con Antonio del Valle, que pasó por estas páginas la semana pasada.

Habrá que elegir a unos pocos de diferentes comarcas pues, en palabras de Fredo Huerga en uno de estos filandones, «hay pobres como para regalar». Tendrá que haber nuevas entregas pero vamos de momento con algunos salidos de gente como Juan El Hojalatero, que en otros sitios era El Culebrón y en otros El Moreno; con Enrique, El Pobre del Caldero, con Colás el de La Cabrera, con Melino el filósofo, La Tía 14 de Ciñera o Maribego, singular nombre para quien se llamaba Anacleto, el Pobre de las Maestras o el Loco de Cascantes. Y si hubiera que elegir uno de León capital es evidente que sería Joaquín El Barbas, el urbano más parecido a los pobres de pueblo.

Eran, en general, buenos contadores de historias, muchos de ellos estaban rodeados de un halo de leyenda sobre su pasado y otros tenían latiguillos que repetían y por los que aún se les recuerda. Enrique repetía lo «¡ay bandido!» y Juan después de un buen trago de vino nunca dejaba de rematar con un agradecido «como un ángel».

Vayamos con la historia de algunos. Juan en principio no era pobre sino hojalatero pero el oficio era más bien una tapadera. Las mujeres de los pueblos le sacaban cazuelas para ‘estañar’ y el artesano encendía el fuego con alcohol, licuaba el estaño, ponía el remiendo... y la cazuela se iba nada más que la ponían sobre la chapa, por lo que le iban a protestar y se repetía la misma conversación.

- Se va la cazuela, ¿hiciste lo que te dije?
- ¿Hice? La llevé, puse a hervir la leche y se me fue por donde la habías estañado.
- ¿Ves cómo no estás a lo que hay que estar? Te lo dije claro, esta cazuela la metes en el aparador y tienes cazuela para toda la vida... pero vas y la pones al fuego, menuda ocurrencia. Otras veces argumentaba que no había traído el parahúso, herramienta que debía servir para todo.

Ocurrencia la suya, que llevaba a que la mujer le pagara como si se la hubiera arreglado y con un bocadillo de propina. Pero Juan les recriminaba, el bocadillo es para la Cucú (la perra que le acompañaba) yo lo que necesito es una indicción para esta tos.

Y llegaba la indicción, que no era otra cosa que un buen trago de vino y su correspondiente «como un ángel».

Melino, el filósofo, tuvo el privilegio de que su historia la contara Julio Llamazares, allá por los 90 del pasado siglo: «Acostumbraba a recorrer los pueblos del noreste de León, pidiendo de puerta en puerta y durmiendo en los pajares o, si no hacía mucho frío, en los portales de las iglesias o en las cunetas de los caminos. Llevaba puesto siempre un mono azul (de los que se utilizaban en las minas), tenía horror al color verde (cuando le preguntaban por qué, decía simplemente que el verde no era su sitio) y le temblaban las manos y la cabeza como consecuencia de una enfermedad congénita que la gente aseguraba era el baile de san Vito. La leyenda decía, no obstante, que Melino era de buena familia y que, si andaba pidiendo, era porque quería».

Se repite mucho esa leyenda de que piden porque quieren, que son ricos, que tienen varias carreras. Pero Melino tenía otras teorías propias, que alimentaban su pasado ‘no pobre’: «De su boca aprendí muchas de esas cosas raras que sólo saben los vagabundos. Por ejemplo: que nunca puedes decir que no volverás a un sitio y que la mejor novela está escrita en los caminos. Y también -un día que nevaba y que lo encontré arrebujado alrededor de una lumbre- que la nieve de octubre es mal augurio, no sólo porque anuncia inviernos duros, sino también, y sobre todo, porque en inviernos así es cuando estallan las guerras y se producen los crímenes más terribles».

Cuando la conversación de los pobres llega a Cabrera siempre aparece Colás, que además era cabreirés de Castrillo, al que le gustaba correr detrás de los rapaces que les gustaba hacerle rabiar a causa de su físico. Colás iba a los pueblos que estaban en fiestas y con frecuencia se acogía a la tradición de la vara de los pobres, que iba de casa en casa. Dormía en pajares o cortes de ovejas... y a otro pueblo.

¿Y Maribego? Pues con este apodo se llamaba Anacleto y poco más se sabía de él pues no hablaba de su pasado y nunca decía hacia dónde caminaba. En San Miguel de Montañán dormía en la ermita, lugar donde ocurrió la historia más repetida. Se rompió la puerta y Maribego, con su perro Moro —«los pobres tienen perro y no cuentan su vida», decía José Calvo— la reparó con gran eficacia, tanto que jamás se deterioró porque, explicaba, «el secreto está en la masilla, hecha con seso de hormiga y saliva de cigüeña, no falla nunca».
Si él lo dice. Calvo cree que era un hombre de fe, como Enrique, que si le decían que había hecho «algo malo» en la Iglesia se golpeaba con la cabeza contra la pared.

La que sí hablaba de su pasado era Victoria, La Tía 14, y decía que había sido modelo desnuda de los alumnos de la Escuela de Artes de Burgos e, incluso, que su marido la había enterrado viva en Asturias.

Hay pobres como para regalar.
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