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Alberto Conejero: "Hay cosas que gritan debajo de nuestras alfombras"

Alberto Conejero: "Hay cosas que gritan debajo de nuestras alfombras"

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Una imagen de la obra de teatro ‘La geometría del trigo’ que el próximo lunes se representa en el Auditorio Ciudad de León.| MARCOS GPUNTO Ampliar imagen Una imagen de la obra de teatro ‘La geometría del trigo’ que el próximo lunes se representa en el Auditorio Ciudad de León.| MARCOS GPUNTO
Emilio L. Castellanos | 26/09/2020 A A
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Alberto Conejero: "Hay cosas que gritan debajo de nuestras alfombras"
Teatro El dramaturgo andaluz, Alberto Conejero, uno de los referentes actuales del teatro español, es el autor de ‘La geometría del trigo’ que el próximo lunes se representa en el Auditorio con el elenco de Teatro del Acantilado
La voz de Alberto Conejero truena en el actual teatro español. Sólo tiene 42 años y ya disfruta del rango reservado al sobresaliente. Sus obras han sido disfrutadas en medio mundo y han sido colmadas de honores. Sin embargo, al dramaturgo andaluz, natural de la localidad jienense de Vilches, ni le doblega ni le confunde la seducción del abrazo y el elogio. «Se han dicho muchas cosas de mí, y muy distintas. Hay gente que es muy generosa con lo que hago y también quien me ha hecho críticas feroces. Voy aprendiendo que todo es muy momentáneo, muy fugaz. Sólo quiero escribir y, para mí, el éxito y el fracaso son pasajeros y mentirosos. Son como dos sirenas a las que procuro no escuchar demasiado. Ni a la una ni a la otra. Me ato al mástil de la escritura y sigo. Lógicamente, agradezco cuando alguien tiene palabras cariñosas hacia mi trabajo pero yo soy una persona que se cuestiona bastante lo que escribe. No me da tiempo a creerme nada porque estoy ocupado y preocupado con lo que estoy escribiendo», comenta el autor de títulos tan reputados como ‘Todas las noches de un día’, ‘La piedra oscura’ o ‘La geometría del trigo’, entre otras, y protagonista destacado del nuevo punto de inflexión que vive la escena nacional.

– ¿Se siente influyente?
– En absoluto, porque los dramaturgos somos muy invisibles para la sociedad. Por eso, no siento una mirada fuerte sobre mí. Tengo una responsabilidad como dramaturgo. Sé que hay gente que me sigue… Pero si sales a la calle y preguntas quién soy nadie lo sabe. Esta es la primera lección que aprendes y está muy bien hacerlo. A veces, en los circuitos teatrales, las cosas parecen ensancharse o la perspectiva cambia, pero luego en la calle nadie te conoce. Lo importante es que la gente vaya al teatro.

La biografía de Conejero delata su condición superlativa en el contexto escénico. Las numerosas referencias que la colman dan contenido a una trayectoria creativa que encuentra en el teatro su principal eje. «El teatro está ahí y ahora. Está sucediendo. Está vivo. Necesita la materia, a los actores, a la carne… Es una forma pura de presente y de presencia. Se hace a la vez que se comparte».

‘La geometría del trigo’ lo devuelve a los escenarios leoneses. Bajo el auspicio de Teatro del Acantilado, Alberto Conejero ha suturado en su confección las tareas de autor, director y productor. «Lo más difícil ha sido el diálogo de Alberto Conejero autor con el Alberto Conejero productor. Mi implicación ha sido absoluta». El resultado se podrá saborear el próximo lunes (20:30 horas; entradas a 14 euros) en el Auditorio ‘Ciudad de León’. La obra nace del relato que le hace al escritor su propia madre. Un recuerdo que devino en confidencia y del que ha acabado extrayendo la materia poética sobre la que amasar un espectáculo teatral que aborda la historia de una familia andaluza a lo largo de cuatro décadas a partir del viaje que emprende una pareja desde Cataluña para reencontrarse con el pasado. «Una historia de transiciones: la transición entre dos concepciones diversas de amar, de la(s) identidad(es) de los migrantes, de la sexualidad de la mujer, de la relación con nuestro pasado familiar y también político, la transición entre el amor y lo que ya no es el amor». Así la ha desmenuzado el propio Conejero. «Nuestra vida es siempre cambio y camino, es siempre transición».

– ¿Cuál era su propósito, su búsqueda, cuando se enfrentó a la creación de la obra?
– Trato de compartir con los espectadores un puñado de emociones, un fragmento de experiencia humana… Sobre todo, moviendo las emociones, pensarnos, reflexionar sobre nuestra manera de amar, sobre las renuncias que hacemos por amor, sobre el sentido que tiene la vida si no nos entregamos al propio amor.

– Al tener su primer punto de arranque en un recuerdo de su madre, ¿‘La geometría del trigo’ encierra algún soplo autobiográfico?
– Es imposible que la escritura no revele algo de ti. No hay obra que en parte no sea autobiográfica.

– La obra resalta lo que no se dice…
– Lo que la obra propone es que todo aquello que la persona calla, al final tiene su propia elocuencia. Hay cosas que gritan debajo de nuestras alfombras. Y por mucho que intentemos taparlas nos siguen sucediendo. El mejor modo de enfrentarse a ellas es nombrarlas y seguir adelante. No somos tanto lo que decimos sino nuestros propios silencios. A veces pensamos que estamos hechos de nuestras palabras pero quizás nuestras verdades más profundas están en lo que callamos.

– Los silencios son realmente importantes en la representación.
– En el teatro, cuando callas la palabra, cuando se hace el silencio, resuena todo lo que no se dice, todo lo que no está en la palabra. Y en este caso, hay una historia de secretos, una historia de hombres y mujeres que no se atreven a decir la verdad sobre sí mismos. El silencio era algo que buscábamos durante el proceso de creación. Son silencios que resuenan y tienen su propio estallido. El silencio dice mucho.

La acción de ‘La geometría del trigo’ se dispone sobre el ejercicio de dos momentos temporales distintos, distanciados entre sí por cuarenta años. «Una de las potencias de la obra es ver en escena cómo se entrelazan esos dos tiempos. Creo que es muy interesante para el espectador sumirse en ese juego teatral que le permite disfrutar de unos personajes, de unos cuerpos, que, aunque separados por las décadas, comparten el mismo espacio y tiempo en el escenario». Una parte de la trama se conduce hacia un pueblo minero andaluz donde, hace ya cuatro décadas, un matrimonio vive una relación insatisfactoria emocionalmente que, además, alterará aún más la llegada de otro personaje. La otra retrata la circunstancia de una pareja, sometida a numerosas turbulencias, que, desde Cataluña, viaja a ese pueblo para que él asista al entierro de su padre, al que nunca conoció, y pueda reconstruir un relato del que forma parte.

– ¿El sur es usado en la obra como espacio simbólico de la memoria?
– El sur es mi cuna. Soy andaluz y lógicamente ahí está la memoria de mi familia, mi propia genealogía… En la obra aparece como origen, como raíz…, y no como símbolo. La trama que sucede en Cataluña es protagonizada por un hijo de emigrantes andaluces. Me interesaba sobre todo el diálogo de norte a sur, de sur a norte.

– Los críticos tildan ‘La geometría del trigo’ de lorquiana y usted la considera chejoviana.
– La obra se desarrolla en un Jaén minero de los años 70. Reconozco que en mi teatro siempre hay una impronta lorquiana pero esta vez he trabajado conscientemente cierta atmósfera chejoviana que tiene que ver con los silencios, con la imposibilidad de afrontar los retos que la vida nos impone, con la debilidad de los personajes… Los críticos, por cierta inercia, insisten en lo de lorquiano y creo, de verdad, que es una obra que se desplaza hacia otros lugares. Aunque, al final es una obra de Alberto Conejero, no de Lorca o Chejov.

Conejero asumió la puesta en escena de su texto como consecuencia de una residencia artística en la sala Cuarta Pared, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Teatro, y con el objetivo de «devolver la exploración y la investigación escénica al centro de mi labor como dramaturgo». La dirección, faceta en la que debutaba, constituye para él una «forma más de creación, igual que la escritura. Escribes con cuerpos, con tiempo, con presente…». Ha sido una tarea, la suya, exhaustiva, realizada con estrecha e íntima complicidad y a lo largo de tres años con el resto del equipo, en especial con el elenco actoral, sobre el que se deposita la esencia de la puesta en escena. «Sin estos actores la obra no sería», indica. «Yo los considero coautores porque ellos me mostraron caminos equivocados que yo había tomado, posibilidades de ensanchar la obra hacia lugares mejores».

El reparto que llega a León varía en dos nombres con respecto a quienes la estrenaron: Susana Hernández, José Troncoso, Eva Rufo, Elías González, Zaira Montes y José Bustos. «Representándola estos días, hemos descubierto cosas nuevas en la obra. El tiempo escribe en el teatro. La obra se ha resignificado sin tocarla una coma y además, al estar el teatro vivo, hemos encontrado lugares donde ahondar. Hemos aprendido mucho del público, estamos abiertos a su mirada, y si esta nos hace crecer allá vamos».

– Usted es un autor exigente con el público, le obliga a meterse de lleno en su propuesta.
– Confío mucho en el espectador. Quiero un público activo, que esté con nosotros, que se salga de su cotidianeidad, que sea consciente de que merece la pena ir al teatro porque va a encontrar una forma poética que no va a encontrar en otro lugar.
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