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Agua

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12/07/2018 A A
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Agua
El año pasado, por éstas fechas, el fantasma de la sequía ya había asomado la pata por debajo de la puerta de todos los pueblos de la provincia. Hubo restricciones en los riegos y poco faltó para que nos fuera racionada en la sagrada república de nuestra casa. Luego, todos sabéis lo que ha pasado con la nieve, la lluvia y las tormentas: nuestros pantanos están llenos hasta los topes y aquellos negros augurios se han olvidado. Nuestros labradores, amateur y profesionales, tanto da, están como locos con la buena nueva y se han arremangado el pantalón para sentir el agua en sus canillas y no se lo piensan bajar hasta que canten los burros. En mi pueblo, por ejemplo, las perspectivas son inmejorables y casi tenemos la seguridad de que no habrá voces ni peleas porque alguien nos ha quitado el agua, deporte muy nuestro, practicado desde hace siglos y que tiene tantos comentaristas como una final del campeonato de mundo del fútbol. Os voy a contar dos casos por demás esclarecedores: a uno se le llamó de mote «eres más necio que el que quitó el agua a Pipi cinco veces una noche», una temporada. Sé que es largo, pero ilustrativo. Y se cuenta que otro entró en el bar echando sapos y culebras por la boca, hasta que lo convencieron de que había sido él mismo el que se había quitado el agua..., sin querer, eso suponemos, aunque no estamos seguros. Esto es debido a la lujuria, a la gula por el agua; porque, en mi pueblo, (como en tantos y tantos otros pueblos de la provincia), gracias al agua se podía vivir, se podía ganar un duro, se podía, por ejemplo, mandar a los chicos a estudiar una carrera en la capital. No depender del cielo para poder comer es una bendición de Dios. Nunca he podido entender a los de Tierra de Campos. Siembran cientos de hectáreas de cereal y se sientan a esperar. Si llueve a tiempo, perfecto, ganan dinero a espuertas por no hacer nada más que esperar. Pero si las compuertas del cielo se cierran, la miseria será la ingrata compañera en el crudo invierno. En la ribera, por el contrario, se siembra muy poco (porque hay poco terrero), pero se depende para obtener una buena cosecha del agua que traiga el río, que se desparrama en todo el campo por cientos de presas, que hacen que todo esté verde y lleno de frutos. Hace cuarenta años aterrizó en Vegas un punto procedente de Valencia. Se había casado con una chica del lugar. El propio, Nicolás Diana, a parte de ser una buena persona y de tener muy mala suerte en los años que siguieron a su llegada, andaba alucinado con lo que veía. No lograba comprender cómo para regar una tierra de cinco heminas de menta, pongo por caso, se tardara más de dos horas (en las cuales el regante solía estar en el bar), y se echaran miles y miles de litros de agua a la tierra. «Se tiene que pudrir, tú. No es normal el agua que utilizáis». Decía que si esto mismo sucediera en Valencia, en su tierra, al cachondo casi le hubieran metido en la cárcel. Eso sí, de pagar una multa no lo libraba ni el diablo.

Por eso, un servidor, se indigna cuando en los medios de desinformación empiezan con esa cansina tabarra de que debemos de ahorrar el líquido elemento en nuestras casas, que nunca se sabe cuando volverá la pertinaz sequía, que decía el Caudillo. Que si al lavarse los piños o al afeitarse cerremos el grifo; que si pongamos la lavadora sólo cuando tengamos seis kilos de ropa; que no freguemos la cacida hasta que sobresalga por la pila del fregadero; que para ducharnos nos sobran con cinco minutos, no los quince o veinte habituales; que si esto, que si lo otro... A ver: el ochenta por ciento del agua que desborda nuestros pantanos se utilizará para la agricultura, para la industria o para regar los cientos de campos de golf o de fútbol que aparecen en nuestra geografía como las setas en otoño. Hace unos años, no demasiados, hasta se proyectó un campo de golf en medio del monte, a quince kilómetros de Cistierna; cosa de locos, cree uno, mayormente porque no existe tanta demanda para dar a una bola con un palo. Es como lo de los aeropuertos en estas comunidad artificial en la que vivimos. Hay cuatro y los cuatro son deficitarios. ¡Joder!, si con uno, el de Valladolor, sobra y basta. Pues lo mismo con lo de los famosos campos de juego, que se llevan miles y miles de litros de agua para que estén practicables. Por lo tanto, sólo el veinte por ciento restante se usará para beber, limpiar o lavarse en cada casa. Entonces comprenderéis que uno se subleve y que haga de su capa un sayo y mande a la mierda todas estas recomendaciones. Por mucho que uno gaste, adrede y todo, será el chocolate de loro del consumo nacional. Y no me da la gana. Que ahorren los que más consumen, que es lo lógico y lo razonable, y entonces, y sólo entonces, pensaré en hacer lo que se me ‘aconseja’. Aunque ni por esas..., ni puto caso.

Pues eso. Salud y anarquía.
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