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Adiós, olores

Adiós, olores

OPINIóN IR

29/11/2020 A A
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Adiós, olores
Hace cuatro años hablé con el cantante Rufus Wainwright, que presentaba una ópera sobre Shakespeare en el Teatro Real. Y la conversación se nos fue a los sentidos: él decía que preferiría ser ciego a sordo, que el oído era el mejor de los cinco, quizá por detrás del olfato. Entonces pensé que se trataría de una de sus cochinadas (ahí están canciones suyas como ‘Gay Messiah’, cuya letra no reproduciremos aquí), pero el paso del tiempo ha terminado haciendo que comulgue con Rufus en estos asuntos sensoriales.

Hemos maltratado nuestro olfato durante décadas, a base de tabaco y de ponerlo en manos de cocineros cocainómanos que nos han vendido la burra con lo de las texturas, lo de comer con los ojos (y hasta con las orejas; tremendas chapas hemos soportado al respecto) y lo de cargarse el eterno binomio: «Qué bien huele» / «Mejor sabrá». Todo con tal de no hacer caso a nuestro sentido más olvidado, como si fuese una cosa primitiva de perros que siguen el rastro y cavernícolas que huyen del oso. Un incómodo superpoder que no habíamos pedido, un radar de sobacos desaseados, perfumes baratos o efluvios gaseosos de gente ‘de bajo nivel’.

Pero, ah, llega este virus y fíjate que una de las primeras cosas que nos quita es la capacidad para apreciar olores. Esta ‘ceguera olfativa’ (hasta tal punto hemos pasado de la nariz que tenemos que recurrir a otras percepciones para definir su pérdida) no nos va a matar, pero nos priva de una de las pocas sensaciones por las que la vida merece ser vivida. Porque el mal llamado sentido del gusto (ése sí que es tosco, pues las papilas de la lengua apenas nos dicen si algo es dulce, salado, ácido o amargo) no nos informa del sabor de los alimentos, que llega por los vapores de estos que se cuelan hasta nuestra pituitaria. Sin el olfato somos como astronautas ingiriendo nutrientes mediante tubos, como moribundos a los que alimentan con papillas a través de sondas.

El vivir en una sociedad abrumadoramente visual nos ha jodido hasta niveles que ni imaginamos. Pero lo de reducir la comida a una cosa pintona para subir fotos a Instragram no merece otra denominación que ‘bulimia mental’.

Por eso recuerdo con tanta alegría cuando, mucho antes de la pandemia, mi madre recuperó el olfato después de meses sin él tras un catarro. Porque, como bien cuentan en el final de ‘Ratatouille’, sin el olfato perdemos la capacidad para acceder a los mejores recuerdos: madres, amantes, infancia y lugares a los que nunca volveremos.
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