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Adiós a dos viejos caballeros de los que escribían cartas

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Pepe el de Ariego. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Pepe el de Ariego. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 17/12/2014 A A
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Adiós a dos viejos caballeros de los que escribían cartas
Obituario Fallecen a los 91 años dos singulares personajes, el último de la saga de los Valcarce de Ariego y el padre Fierro, de la poderosa familia de Valdelugueros
El invierno se ha llevado para sus nieves a dos personajes, a dos montañeses, a dos leoneses de 91 años, a dos de los últimos caballeros andantes de Omaña (Ariego) y de Los Argüellos (Lugueros). José Rodríguez Valcarce, Pepe el de Ariego, y el padre Luis Fierro, dominico de la famosa familia que salida de Valdelugueros se convirtió en una de las más poderosas del país.

Son diferentes. Pepe se asentó en su tierra, en su gran casona, en su Ariego, la cuidó, le hizo una escuela dentro en homenaje a sus padres, se convirtió en el eterno presidente de Ariego, en el que jamás desfallece: «Me tengo que presentar otra vez, me faltan cosas por hacer», le dijo hace días Mar, su brazo derecho en las administraciones, en las celebraciones de Santa Lucía, cuando invitaba a todos los vecinos.

Eran iguales. El padre Fierro voló hasta Madrid. Fue el cura de las misas en la radio y la tele de la época. Fue la cara tolerante de aquellos equipos que pasaban la censura. «A mi no me asustaba casi nada, soy de los Argüellos, y algún civil me miraba extrañado», decía con esa ironía seria que «tenemos los de los Argüellos».

Eran iguales. Tanto que tenían un punto de conexión y contacto casi físico. El Padre Fierro regresó a León a los dominicos de la Virgen del Camino y allí decía la misa. Pepe, de vez en cuando, llamaba a su taxista de confianza, Caki, y éste ya sabía el recorrido: «A la Virgen del Camino, con aquel cassete enorme que no sé dónde habría comprado. Grababa la misa y después la escuchaba para saber aplicar lo aprendido cuando acompañaba como monaguillo a Don Ovidio o a Manuel ‘Gete’, los párrocos de la comarca a los que tantas veces ayudó a misa.

Y, de vez en cuando, otro viaje más largo para Caki, que ayer lo recordaba. «Hasta el Valle de los Caídos. Ya sabes cómo era, en lo que creía, pero jamás le escuché en aquellos viajes decir ni una mala palabra de nadie, no le gustaba ni llamarlos rojos». Siempre decía: «Si no es por Franco entran los rusos y se arma un telar...».

En aquel mismo cassete grababa los calechos que en los últimos años organizaba en su casona, en el corral, los que le mantenían activo durante meses.

- ¿Quién viene este año?

- Julio Llamazares.

- Somos algo parientes, una hermana suya está casada con un sobrino, vienen a la reunión de los Valcarce.

Eran iguales. Pepe era el eje central de la reunión anual de los Valcarce. Más de cien personas en torno al último hidalgo de Omaña, al que todos escuchan y miran mientras va y viene.

Eran iguales. En 2013 se celebró en Lugueros un encuentro de los Fierro, de medio mundo. Reinaba allí la conocida Cuqui Fierro hasta que alguien dijo: «Llegó Luis, el padre Fierro». Se hizo el silencio, se notaba que los que habían llegado desde lejos le querían conocer. La propia Cuqui fue hacia él, que caminaba como lo que era, una especie de Quijote, alto, muy alto, delgado, otro último hidalgo.

Eran iguales. Los dos escribían cartas. Pepe entretenía el largo invierno como último habitante invernal de su pueblo con esta ocupación. La tele, el periódico, la radio... le daban la idea. Si Letizia estaba embarazada pues la felicitaba o al nuevo Papa o a un actor de mérito o a Mariano Rajoy (menudo disgusto le distéis este año los suyos no haciendo cena de Navidad). Les escribía, con educación, con cuidada letra de hijo de maestro, a mano. Sello y a su destino. Recibir las respuestas era parte de su felicidad y te enseñaba las cartas de la fallecida Fabiola, de Aznar, de Juan Pablo II, de los hoy Reyes...

El Padre Fierro cogía la pluma con frecuencia. Un buen día te llegaba una carta con un «Estimado señor: Espero que al recibo de la presente (...) He visto que ha escrito usted de Los Argüellos y como vecino de esta comarca me permito...».

Responder a su carta era el inicio de una larga relación epistolar que sólo distanció en el tiempo los achaques de su salud, que había sido de hierro hasta sus últimos meses. Te iba dejando las perlas de su familia y sus recuerdos.

Los mismos recuerdos que plasmaba en unas cuidadas libretas que guardaba en su celda de los dominicos de La Virgen del Camino, algunas de las cuales recogió Ángel Fierro en el libro sobre el citado reencuentro de esta larga familia. «El día 9 de junio de 1947 ‘canté’ yo mi primera Misa. Tenía 23 años. A la ceremonia acudieron mi madre y mis hermanos Jesús (+) y Elena Mary, numerosos familiares y amigos. Entre ellos, mis tíos Alfonso y Florentina.

Al final de la Misa, en el rito del ‘besamanos’ se fueron acercando todos al nuevo sacerdote. Al llegar mi tío Alfonso, noté que estaba realmente impresionado y unas lágrimas brotaban de sus ojos. Ya en los jardines de la casa de mis tías Emilia y Socorro, mi tío se me acercó sonriente y me dijo: «Luis; esto ha sido mejor que una boda. Agradecí su cumplido y sonreí, mientras él tomaba asiento en la mesa del restaurante.

En una visita que hice a tío Alfonso, en su despacho del Banco Ibérico, con una ingenuidad absoluta le pregunté: «Tío, ¿cuánto gana usted?»

Recuerdo que se sonrió, y, mirándome, me dijo: «Luis, yo no sé lo que gano... Lo que de verdad me ilusiona, a mis años, es ver y analizar cómo se desarrollan esos negocios y el porqué de sus éxitos y fracasos... la mejor limosna que yo puedo hacer es crear fuentes de riqueza».

Las notas, los cuadernos del padre Fierro, «son un bien muy preciado, en ellos estará escrita al detalle algunos aspectos de la historia de este país absolutamente desconocidos».

Como guardan muchos secretos buena parte de la colección de libros antiguos que guardaba Pepe en la biblioteca de su casona, al lado de valiosos cuadros, junto a pasillos cargados de enigmas y recuerdos, estancias con viejas arcas y alacenas, en un portalón de empedrado sobre el que coloca con mimo muchas de madreñas. Allí está la historia de Diego Antonio de Valcarce, aquel antepasado de Pepe que levantó allí su ermita con piedra traída en carros desde Villagatón, según consta en los escritos que guarda de 1763. «Pero la casa es anterior».

El padre Fierro se fue en el silencio de la lejanía de Villava. Pepe tampoco quiso molestar para irse. Invitó a los vecinos por Santa Lucía, fue feliz de poder hacerlo y unos días después se sintió mal. Llamó a su sobrino y se lo dijo: «Me muero».

Y es un hombre de palabra, como decían ayer quienes fueron a decirle adiós en aquella capilla en semipenumbra de su casa, cubierto con la bandera de España, con recuerdos de su tierra, con los honores de los Tusinos. Como a él hubiera gustado grabar en su casette.
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