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A sangre caliente

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07/01/2018 A A
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A sangre caliente
Sofocados en vídeos pretendidamente graciosos o cursis, estas navidades han tenido la particularidad de haber zurcido el año pasado con el presente por medio de una historia trágica, dramáticamente resuelta, indecorosamente abordada. El hallazgo del cadáver de una joven de ‘buena familia’ (nótese este término casi ofensivo), desaparecida hace año y medio, supuestamente asesinada por un individuo del que hasta el chusco sobrenombre parece sacado de una pulp fiction ha desencadenado la portera (o portero) que llevamos dentro, con mis disculpas a este gremio, seguramente menos cotilla que su mítica. Los sucesos son eso, sucesos. Y su trascendencia se agota en sí misma una vez narrado lo sucedido. En este caso concreto, prácticamente lo que acabo de decir en estas líneas. Sin embargo, prensa, medios y gentes nos lanzamos al despiece de todo tipo de relaciones, suposiciones y demás pornografía social con el ánimo de lograr audiencias y, tal vez, sustituir en nuestro interés asuntos lánguidos (por pesados) como el catalán, soslayando de nuevo la cotidiana cadencia de escandalosos temas que sí nos afectan directamente o afectan a los que nos gobiernan, aquí y allá.

Hemos convocado y conocido las opiniones y sentires varios de madres, padres, abogados, allegados, conocidos y hasta camareros ocasionales en un despliegue de impudicia inservible y turbia; hemos asistido a dictámenes de gentes que apenas aportan nada salvo su propia y excusable presencia, para expandir un asunto sencillo con elucubraciones indignas hasta de algún folletín o culebrón. ¿Por qué no buscamos declaraciones de la tía de un futbolista sobre las patadas que recibe su hijo en la cancha? ¿No sería interesante saber qué opina el chófer que lleva a Rajoy hasta el Congreso de las paradas que realiza? No interesa en absoluto qué hacen en ambos casos, como no lo hace lo que no sean hechos que tengan realmente trascendencia. El resto, en estos casos, al juez, o a ese juez implacable que se llama intimidad.

En 1966 Truman Capote convirtió un sórdido homicidio múltiple en una de las obras maestras de la literatura norteamericana, ‘A sangre fría’. Tras siete años de trabajo periodístico y un exhaustivo conocimiento sobre el terreno de personajes y testimonios, el título quizás abriga un doble sentido: es imprescindible tener la sangre fría para tratar con un acontecimiento atroz e inhumano y convertirlo en un relato lleno de humanidad y piedad, una narración que ofrezca valores morales porque cuenta con valores de otro tipo. El resto, la sangre caliente que todos mostramos cuando un hecho como este nos indigna, se da por supuesta y poco interesa su exhibición, salvo para lograr esas audiencias de todo tipo que anhelamos con ello.
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Silueta de la escultura La Negrilla

La Negrilla

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