¿A quién culparemos cuando se acabe el turrón y llegue la tercera ola?

Nadie va a revisar lo que de verdad ocurra en cada casa esta navidad, así que el destino de la curva vuelve a quedar en nuestras manos y en las precauciones que tomemos

Sofía Morán de Paz
13/12/2020
 Actualizado a 13/12/2020
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Siempre que reprendo a mi pequeño Dimas después de alguna trastada propia de sus gloriosos cinco años, él se afana en darme explicaciones de lo que ha pasado, cómo ha pasado y, sobre todo, por qué ha pasado. Un sinfín de elaboradas historietas que, por supuesto, siempre le dejan a él libre de culpa.

Errar es humano, ustedes ya lo saben. Todos nos equivocamos. Muchas veces. El hombre lleva metiendo la pata desde que el mundo es mundo. Y tan habitual es equivocarse como intentar echar balones fuera. Lo de echar la culpa a otro es también un gran recurso, un mecanismo de defensa que sin duda resulta mucho más fácil que aceptar nuestra responsabilidad en lo que sea que haya pasado. Lo hacemos casi cada día y lo hemos practicado con ahínco desde que el coronavirus aterrizó en nuestras vidas.

Sólo hace nueve meses que en este país vivimos uno de los confinamientos más estrictos de toda Europa, nos entretuvimos dando lecciones a diestro y siniestro, con la suerte de tener a 46 millones de expertos en pandemias opinando a la vez. Por supuesto nos rasgamos las vestiduras por la incompetencia constante de quien nos gobierna, por un confinamiento que llegó demasiado tarde, y por la inconcebible falta de mascarillas.

Pero pronto llegó la desescalada, corrió el turno y nos tocó a nosotros estar a la altura. Nos guardamos las lecciones en el bolsillo y entramos en el verano como un elefante en una cacharrería. Para entonces las mascarillas ya nos parecían bozales y el encierro una medida absolutamente excesiva.

Ya entonces era muy evidente que no habíamos aprendido nada.

Y después de un verano de fiestas, conciertos, barbacoas, celebraciones familiares, playas a reventar, reuniones de amigos y una “nueva normalidad” más normal de lo esperado, sufrimos con fuerza esta segunda ola, mucho antes que otros países europeos. Y es que la incubamos a conciencia durante el verano, sin hacer ni puto caso a la monserga de la responsabilidad social, la coherencia y el sentido común.

Sin embargo, lo de hacer autocrítica es prácticamente una quimera, con lo bien que nos viene lo de echar la culpa de todo a nuestros políticos y su habitual circo ambulante. Y a los botellones claro, eso que no falte.

A las navidades llegamos con un escenario distinto al del verano. Muchísimo más crítico. Y con la mochila llena de malas decisiones. Aun así, debatimos sin pudor sobre si las celebraciones deberían incluir a 6, o mejor a 10 comensales, si el novio de la prima puede pasar por allegado, si los niños deberían computar o no y cuál sería el toque de queda más adecuado para estas fechas tan entrañables. Esto, a pesar de que el Centro Europeo de Control de Enfermedades ya ha alertado, alto y claro, de que no se deben relajar las restricciones. En un informe publicado a finales del mes pasado se avisa de que, si las medidas vigentes actualmente se derogaran el 21 de diciembre, la tercera ola llegaría de nuevo al sistema sanitario con gran rapidez, antes incluso de que se acaben los últimos polvorones del cajón.

Evidentemente nadie va a revisar lo que en realidad ocurra en cada casa, así que el destino de la curva vuelve a quedar en manos de los ciudadanos y de las precauciones que tomemos en nuestros reencuentros. ¡Anda que estamos apañados!

Hemos pasado días, semanas y meses sin apenas salir a la calle, repitiendo sin cesar que de todo esto íbamos a salir mejores. Pero qué poco nos duró la fantasía. Poco hemos aprendido. Pocos muertos hemos visto.

Y aquí estamos otra vez, con un pie en la tercera ola.


Sofía Morán de Paz (@SofiaMP80) es licenciada en Psicología y madre en apuros
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