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A fuego lento

A fuego lento

OPINIóN IR

08/11/2019 A A
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A fuego lento
El Museo Etnográfico Provincial de León, en Mansilla de las Mulas, en su afán de que no se olviden los viejos utensilios y las tradiciones unidas a ellos, ha elegido el Pote como pieza del mes, objeto «guardián de nuestra historia y gastronomía». Me parece una perfecta elección para representar al mes que nos toca, porque su imagen trae a la mente estampas de otoños desprendidos del calendario hace ya décadas, de familia alrededor del fuego y puchero en las brasas. Este pote no sólo es un objeto de hierro, donado por Julio Cano Barrado, representa la olla de todas las casas, de todas las hambres y todas las lumbres. Contiene noviembres con olor a manzana reineta y pimientos, con sabor a castañas asadas y crujir de hojarasca y bellotas. En él hay días amarillos, recogida de leña y heridas de hacha, tardes de cocina, magostos, tertulia y matanza, tradiciones leonesas unidas al humo y al fuego.

Si se mira con calma y guardando silencio, se ve que desprende repiqueteo de cacharros y trasteo de cocina, crepitar de troncos, borboteo de potaje y rezos de abuela escogiendo lentejas. Y agudizando los sentidos, se la intuye preparando el cocido con calma, como si el tiempo fuera un ingrediente más que añadir al puchero, dejándolo cocer como ellos vivían, a fuego lento. Porque la abuela sabe que en ese pote preñado de historia, no sólo hay comida. Que las berzas y garbanzos contienen inviernos, veranos y nieve, traqueteo de carros y polvo de caminos. Que tiene pegados escarcha y viento del norte, sequías y lunas llenas. En el chorizo y morcilla se ocultan sabor a encina, griterío de matanza, oscuridad de arcón y silencio de hornera. Hay ristras de ajos, llantos de cebolla y crujido de vigas vencidas, olor a salitre y murmullo de rosarios de invierno. Y también hay hogaza repleta de soles de agosto, heridas de trillo y madera de artesa, con algarabía de era, botijo de barro y susurro de harina, tan dolorida como las manos que la amasan. Ese pote guarda sonidos que ya no suenan, olores que ya no huelen y cansancio viejo de los que lucharon a brazo desnudo, en un juego limpio de hombre y tierra. Y completando la estampa, se ve a la familia en la mesa, santiguándose ante el plato, antes de comer su propio esfuerzo, degustándolo todo despacio porque saben que cada bocado, es un bocado de tiempo.

Invito a aquellos que este mes pasen por Mansilla y visiten el Museo Etnográfico, que sepan hacer una pausa, observar ese Pote con calma y saborear toda la historia que atesora dentro.
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