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OPINIóN IR

14/04/2019 A A
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Este niño ya se pasa de raro». La madre estaba preocupada. «Al principio hasta me hacía ilusión que le gustase pasar tanto tiempo con su abuelo, pero ahora es que no va a una verbena ni aunque sea ahí en Venus. No sé qué historias le cuentas». Ella querría verle por ahí con los demás chavales, cazando estrellas, bautizando planetas, jugando al Escondite entre los satélites, como hacen los niños normales, pero el guaje prefiere sentarse aquí, junto al fuego, y que le cuente cómo era la vida cuando yo era como él. Ya sabe que tampoco fui un niño normal y creo que por eso mismo sonríe cuando su madre le llama raro. Le despierta mucha curiosidad que le hable de la despoblación, imaginarse este pueblo desierto, silencioso hasta convertirse en una jaula dentro de la que todo se escuchaba, casi sin mujeres, sin niños, habitado sólo por viejos que paseaban arrastrándose como zombies al sol. «¿Y de dónde sacabais la comida si dices que no había tiendas?». Sabe todas las historias de los vendedores ambulantes, la incertidumbre por saber si podrían llegar los días de nieve, lo del pitido característico del carnicero, el panadero que empezó a llegar demasiado tarde, cuando en todas las casas ya habíamos comido, y decían que se había echado novia como si le hubiera entrado una enfermedad, lo que retumbaba la bocina del camión del frutero... Las sabe todas pero no quiere que me salte ninguna. «¿Y entonces es verdad que aquí no había médico?». Le vuelvo a contar lo del consultorio, que abría sólo dos días a la semana, que te recetaban medicinas pero la farmacia estaba en otro pueblo y no había cómo ir hasta allí, lo que tardaban en llegar la ambulancia o los bomberos cuando ocurría una desgracia... «¿Y la escuela? ¿A quién se le ocurrió eso de los colegios rurales agrupados? ¿En serio había que ir todos los días?». Será mi nieto pero a veces me resulta un tanto impertinente, sobre todo cuando me hace preguntas que no sé responder. «¿Pero cómo hacíais para conoceros si no había un bar donde juntaros?». El niño, la verdad, podía estar por ahí, como dice su madre, liándola como hacen todos los de su edad, disfrutando del Erasmus interdimensional, haciendo manualidades con los agujeros negros o jugando a Verdad, Consecuencia o Petting. «¿Pero por qué la gente prefería vivir en las ciudades si había aún más contaminación que aquí, y con lo que dices que costaba y lo apretados que estaban?». Cuando hace demasiadas preguntas le cuento que mi abuelo no tuvo nunca ordenador, que usaba monedas pero no conoció los euros, que mi padre manejaba a duras penas el teléfono móvil, y él va poco a poco abriendo cada vez más los ojos. Cuando parece que se le van a salir, le explico lo que tardamos en poder conectarnos desde aquí, que al principio había que subir hasta la Collada para coger cobertura, que si había tormenta o viento se perdía la señal, la cantidad de veces que tuvimos que resintorizar lo que se llamaban televisiones y el dinero que nos tuvimos que gastar para nada. «Y, entonces, ¿es verdad que empezó a cambiar todo cuando hubo unas elecciones en las que los votos de los pueblos eran más decisivos que otras veces?». ¡Cuantas bobadas les cuentan a los chavales! Este pueblo no cambiará nunca... Me pongo todo lo serio que puedo: «Que te he dicho mil veces que no, que fue por lo que pasó después». Pero él no quiere hablar de lo que pasó después, lo sabe muy bien. Se acerca un poco más al fuego, mira las llamas y sigue machacándome a preguntas: «Abuelo, ¿y qué eran los pellets?». A ver si se teletransporta hasta la cama, se mete dentro de un cuento y se duerme de una vez.
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