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Terneces añejas

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17/06/2017 A A
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Terneces añejas
Enviaba ayer mi hermana al whatsapp familiar un simpático vídeo de mi sobrino Jorge jugando con un globo. Nuestro ‘Jorjijas’ no ha cumplido todavía un año y es un bebé tan tierno que dan ganas de comérselo con unas patatas y un buen Mencía. De hecho, nos arrojamos a él con tal vicio y profusión de mordisquitos que parece que nos lo vamos a tragar tal cual, en crudo, sin pelar siquiera.

La terneza del canijo contrasta con la de su madre y su tía, algo correosas ya, y al final de un camino que las llevará en un par de años y tres a ser cuarentañonas. Ambas nos rozamos con los millennials pero sin serlo del todo, aunque en algún momento habrá que reconsiderar la idea de meter en una misma generación (artificial) a los nacidos en tres décadas tan distintas como los 80, los 90 y a partir del 2000. Vamos, que para un chaval que ahora tiene diecisiete años, los locos ochenta son el Cretácico y la idea de vivir sin móvil es tan irreal como los electroduendes de La bola de cristal o la singular belleza de un chándal de Tactel.

En cualquier caso, ningún tiempo pasado fue mejor –al menos en España– ni las nuevas generaciones huelen más a azufre que las anteriores, por mucho que se empeñen algunos que quieren ser el ejemplo de ‘no-se-sabe-qué’.

Precisamente esta semana se han cumplido cuarenta años de las primeras elecciones tras una dictadura que estuvo ese mismo tiempo intentando que los españoles no se acordaran de cómo se hacía eso tan erótico de elegir al que te gusta para llevártelo a la urna. A mí me emociona ver las fotos de las colas de votantes aquel día, con las ganas cosquilleando las manos; aunque por edad democrática estemos más resabiados y hayamos pasado por unas cuantas decepciones.

Muchos ya no nos enternecemos con cualquier cosa, y unos dirán que eso es madurar y otros que perder la ilusión. Pero nunca falto a una votación, al igual que mi bisabuela Olvido, que tenía unas cuantas adeudadas. Incluso encuentro gusto en una moción de censura que sirve para reflejar nuestra propia naturaleza en la de nuestros políticos, hasta en los más carcas. Y, mientras, espero lo mejor de la generación de mis sobrinos, si no les dejamos mucho estropicio.
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