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La Negrilla

Carta

A pie de calle

La vecina del visillo

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13/05/2017 A A
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La vecina del visillo
Una de las cosas que más me molestaba siendo un adolescente era la figura de ‘la vecina mala persona’. Esa mujer triste, con cara de tener problemas de estómago que siempre alardeaba de lo maravillosos y listos que eran sus hijos, jóvenes promesas, que por lo que parece siempre eran reconocidos en el colegio entre aplausos y ovaciones, por su brillantez y buen hacer en todas las disciplinas. Dieces como churros y grandes dotes para el deporte que abrían la puerta a unas futuras olimpiadas.

La susodicha vecina (de dudosa procedencia) tenía un don especial para enterarse de las desgracias ajenas e incidir en el lado negativo de las cosas. Jamás la oí hablar bien de alguien o alabar alguna acción o hecho si el protagonista no era alguno de su camada.

Recuerdo especialmente un episodio que en mi casa causó gran drama. Por circunstancias de la vida, el que les escribe, la cagó y bien en selectividad por lo que tuve que ir a septiembre a arreglar aquel desaguisado.

Suspendí porque tenía que ser así, por mala suerte o mejor dicho porque iba muy ‘vendido’, y aquello lo llevaba sujeto con alfileres, pero la cuestión es la siguiente: como yo estaba convencido de que aquello había sido una gran injusticia, decidí hacer una cosa, que aunque no sirvió para nada en aquel momento, dada la tesitura me ofreció algo de esperanza: recurrir y solicitar una revisión de examen. Sediento de justicia rellené el impreso y esperé pacientemente a que el cartero llevase a mi casa la sentencia.

A los pocos días, la carta llegó al buzón encabezada por el famoso «Lamentamos comunicarle…» Y la vecina del visillo que hacía guardia en la calle, subió las escaleras como los dibujos animados (creo que aun están las manos, con las bolsas del Spar pegadas a la puerta), para llamar a mi madre por teléfono e interesarse por el resultado de mi reclamación, ya que como le dijo en ese momento: «acabo de ver al cartero depositar la carta de la Universidad». Seguro que a estas alturas del relato ustedes ya saben que si la reclamación hubiese sido fructífera la piadosa vecina hubiera sentido un fuerte ardor.

El pasado jueves conocimos que la fundación de Amancio Ortega, el de Zara, ha donado 18 millones de euros a la sanidad de nuestra comunidad. Y gracias a eso, el hospital de León recibirá cuatro nuevos mamógrafos y un acelerador lineal. Un señor que, recuerden, no tiene la obligación de dar ni regalar nada, de lo que es suyo, pero en este país siempre habrá vecinas que lo cuestionen pensando eso tan típico y tan de aquí de: si dona eso, que no tendrá…
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