24/09/2017
 Actualizado a 18/09/2019
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Si está leyendo esta columna, significa que fin del mundo previsto para el día de ayer no ha tenido lugar. La parte mala es que tendremos que seguir soportando la murga separatista, que para más ridículo de sus promotores pretende derivar en algarada callejera. Veinticinco mil quinquis cantando La Estaca pretendiendo ser depositarios de la legitimidad ¡democrática! para romper un Estado de Derecho de cuarenta millones de ciudadanos. Denunciando el colonialismo cuando ejercen autónomamente todas las competencias habidas y por haber, gastan tres veces más de lo que pueden y siguen recibiendo fondos del Estado. Qué aburrimiento y qué jeta.

En mi ya no tan corta vida recuerdo haber sobrevivido a un montón de finales del mundo. Entre los más recientes está el del fin del milenio, que pronosticaba que en la noche del 31 de diciembre de 1999 todos los ordenadores del mundo se volverían locos, y también el del calendario maya en 2012. El que se esperaba ayer respondía a la colisión del planeta Nibiru, un gigante cósmico con una órbita de mil años terrestres que debería haber chocado con la Tierra antes de que usted pudiese comprar el periódico. Esta hipótesis tiene la ventaja de que una vez refutada no pierde su vigor, igual que la del «España nos roba». Porque lo de la colisión del planeta Nibiru (antes Hercóbulus, antes planeta X) se ha profetizado en un montón de ocasiones en el pasado, pero una vez superada la fecha señalada sin que pase nada, el asunto se olvida y la profecía vuelve al poco con más fuerza, ahora la que le dan las redes sociales.

Siendo estudiante me abordaron dos iluminados que, con el rollo del inminente choque del planeta Hercóbulus, pretendían venderme un libro por nada menos que dos mil pesetas. Les pregunté que para qué quería el libro si el mundo se iba a ir al carajo, y me dijeron que en él se explicaba cómo trascender a una dimensión superior donde unos pocos privilegiados viviríamos al margen de la destrucción de nuestro mundo. Les pregunté entonces que para qué querían venderme el libro en lugar de regalármelo, porque podíamos dar por seguro que en la nueva dimensión a la que estábamos llamados la peseta no sería de curso legal.

Me pregunto ahora a dónde habrán ido a parar aquellos dos pájaros veinte años después, y no me cuesta imaginarlos en la lista de Juntos por el sí, vendiendo a la gente la posibilidad de trascender a la dimensión superior de la independencia, pero eso sí, financiada por el estado Español. De momento Guindos ya abre la puerta al Pacto Fiscal. Ahí tienen las dos mil pesetas.
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